BRUJAS

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La Inquisición Española parecía estar obsesionada por dos comunidades, dos colectividades que no tienen nada que ver

entre sí, pero que los inquisidores se empeñaron en relacionar: los judíos y las brujas. Les convenía.

 

 

Fundada en el año 1184 para combatir la herejía albigense, la Santa Inquisición no se conformó con erradicar el catarismo o combatir a la Orden del Temple hasta desposeerla de sus cuantiosos bienes. En el año 1478 aparece la Inquisición Española con el fin declarado de mantener la ortodoxia católica en los reinos de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, y con otros fines menos confesables.

El verdadero fundador de la inquisición moderna fue sin duda el entonces arzobispo de Sevilla, Pedro González de Mendoza; su labor esencial: “perseguir y juzgar a los falsos conversos”. Leído entre líneas: ir contra los judíos que aún permanecieran en tierras del Imperio. Sin embargo, muy pronto los inquisidores trataron de extender su jurisdicción a otras causas.

Las primeras medidas represivas contra la brujería en España datan precisamente de esa época. Se creía que las brujas realizaban en sus sesiones rituales nocturnas sacrificios humanos, especialmente de niños, invocaciones a los muertos, orgías que incluían la cópula carnal con el mismo demonio, quien solía ser representado en forma de un chivo.

Relacionar el judaísmo con la brujería el un acto de mucha mala fe y de mucha más ignorancia, ya que en el judaísmo la brujería está prohibida y castigada con la pena máxima. El libro del Éxodo (XXII-17) es harto explícito:

 

מכשפה, לא תחיה

“No dejarás con vida a la hechicera”.

 

La palabra “bruja” es típicamente española, y nada tiene que ver etimológicamente con la “sorcière” francesa, la “strega” italiana o la “witch” inglesa. Hacer derivar “bruja” del verbo “brujir”, que significa “igualar los bordes de los vidrios”, como hacen los diccionarios de etimología, no tiene ningún sentido. Tampoco relacionarla con “burujo”, “orujo”. Más verosímil es la hipótesis que afirma que “bruja” viene del euskera “buru utza”, “cabeza vacía”, de la que derivaría “burutxa”, “mazorca desgranada”, pero tampoco resulta demasiado convincente.

Existe, sin embargo, una etimología posible para bruja en la que, creemos, nadie ha reparado. Esta etimología habría que buscarla en el judaísmo y estaría apoyada en un malentendido, en una confusión por parte de los inquisidores que torturaron a mujeres judías o conversas que durante la tortura decían Baruj haShem, o sea “bendito sea Dios”. Es fácil que para los verdugos y los inquisidores “Baruj ha…” se haya convertido en “bruja”. El concepto del famoso Sabat de las brujas también podría ser una mala comprensión de la palabra hebrea Shabbat.

 

JULI PERADEJORDI

 

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