El Zohar XIII

el zohar volumen XIII

EL SECRETO DE LAS OFRENDAS Y LOS SACRIFICIOS

La Unicidad divina

Tal como lo enseña Maimónides al comienzo de su obra, la base y el  fundamento del Pensamiento de la Torá es la Unicidad de El Eterno,  el cual constituye el principio de que todo depende de él. Y resulta  importante aclarar que la certeza en la Unicidad divina no significa  que Dios es uno solamente y no dos, ni tres, sino el alcanzar la seguridad  imperiosa de que no hay nada fuera de Él, y que todo, hasta  el más mínimo detalle de nuestra existencia depende directa y absolutamente  del Creador.

Tal como lo expresa el profeta Isaías: «Yo soy  El Eterno, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí… para que  se sepa desde el nacimiento del Sol, y hasta donde se pone, que no  hay más que Yo; Yo El Eterno, y ninguno más que Yo, que formo la  luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo, El  Eterno, soy el que hago todo esto» (45:5–7). Y también la misma Torá  lo expresa con absoluta claridad:

«Conoceréis este día, y lo guardaréis  en vuestro corazón, que El Eterno, Él es el Dios, arriba en los Cielos y  abajo en la Tierra, y no hay ningún otro» (Deuteronomio 4:39).

Por su  parte, Najmánides, en su comentario al Génesis también agrega que  todo lo existente Arriba y abajo, en los Cielos y en la Tierra, no puede  ser aprehendido como una existencia independiente o autárquica,  sino que su ser, su esencia y la continuidad de su existencia, en cada  segundo y en cada instante, depende de la Voluntad de El Eterno. Y  si tal Voluntad se apartara de alguno de estos entes, el mismo dejaría  de existir en ese mismo segundo.

En resumen: cabe dividir la realidad en dos grandes categorías: las criaturas o el producto de Su Voluntad, y la existencia misma, El  Creador. Se trata de una división ontológico-espiritual: los dos «existen  », pero lo creado depende por completo del Creador, mientras que  el Creador puede existir sin la creación.

La libre elección 

Los sabios cabalistas nos enseñan que con el objeto de posibilitar  la libre elección del ser humano, sin condicionamiento alguno, –lo  cual posibilita luego castigarlo o recompensarlo–, la Unicidad divina  fue ocultada intencionalmente del ojo humano.

Ahora el ser humano  puede elegir entre el bien y el mal. Y precisamente debido a tal ocultamiento,  en nuestro mundo la realidad se presenta como un conjunto  de entes separados y escindidos unos de otros, y desvinculados por  completo del Creador.

Incluso muchas criaturas no solamente son  aprehendidas como divididas sino también como opuestas unas a las  otras. Pero este mundo, nos enseñan los sabios, es precisamente el sitio  para llevar a cabo la tarea de evitar caer en la trampa de la escisión. Y  por esta misma razón la palabra hebrea que significa mundo –olam–  comparte su raíz con los términos ocultamiento y desaparición.

¿Y  qué se oculta y qué desaparece ante nuestra mirada? Su Unicidad  completa y absoluta.  De acuerdo con el sabio cabalista Moshé Jaim Luzzato, esta visión  de la unicidad divina es la interioridad o el alma de la visión verdadera  del mundo. Y que la realidad no es más que un medio para revelarla,  ya que todo lo que sucede –en el plano natural, físico e histórico– busca poner en evidencia la Unicidad divina. Sin embargo, hasta que  ésta se revele en toda su dimensión y contundencia debemos mantener  la creencia en la proclamación:

«Entiende, Israel, El Eterno es  nuestro Dios, El Eterno es Único» (Deuteronomio 6:4). 

Pero la tarea espiritual no da lugar a confusión: alcanzar a descubrir, meditar en ello y a conectarse con la raíz particular de todo lo  que aparentemente conforma de un modo desgranado la realidad en  la que vivimos, y unirla con la Raíz de todo lo creado. De este modo  alcanzamos la conciencia plena de la Unicidad divina y la proyección  de la misma sobre cada detalle de nuestra vida.

Las ofrendas y los sacrificios 

Y todo lo que anticipamos es para explicar la esencia de los sacrificios  ofrecidos y su intención más profunda: hacer volver la creación al  Creador a través de la anulación de la misma como si se tratase de  una realidad con existencia propia. Es decir, anular la imaginación  –no rectificada– de la escisión y dejando al descubierto la Unicidad  divina que enseña que la creación no tiene existencia propia sin la  vinculación con su Fuente verdadera y su Raíz existencial.

Tal como  lo expresa el Maharal de Praga, cuando una persona ofrece un sacrificio  reconoce a través de este acto que todo pertenece al Creador y  que no hay nada fuera de Él.  Curiosamente la palabra que los sabios utilizan acerca del acto de  ofrecer sacrificios es «trabajo» –avodá– sin especificar a qué se refieren,  ya que, de acuerdo a lo explicado, este «trabajo» o servicio ritual  resume en esencia la labor espiritual que el hombre debe efectuar en  su paso por el mundo.

Categorías de sacrificios 

Existen dos grandes tipos de sacrificios: la ofrenda –zevaj– y la ofrenda  vegetal –minjá–. Las ofrendas –zevajim– provienen de los animales  y las aves, y las ofrendas vegetales –menajot– del mundo vegetal:  sémola, trigo, harina de cebada. El modo de ofrecerlos respeta un  mismo orden esencial, dividido en cuatro labores principales, con su  correspondencia entre el mundo animal y el vegetal.El objetivo también  es equivalente:

«Pues el alma de la carne está en la sangre y Yo  la he asignado para vosotros sobre el Altar, para procurar expiación a  vuestras almas; pues es la sangre la que expía por el alma» (Levítico  17:11).

Al ofrecer un sacrificio, y tal como lo expresa el intérprete Iben  Ezra en su comentario al versículo anterior, el hombre debe considerarse  como si él mismo estuviese ofreciéndose delante de El Eterno.  Y éste es el secreto del sacrificio: expiar por el pecado. Pues el pecado  es apartarse de la Voluntad divina, y el responsable de separar y  desconectar al hombre de su Creador. Y el sacrificio, korvan, palabra  hebrea que comparte raíz con cercanía y proximidad, hace volver al  hombre al estado anterior a su pecado y le sirve de expiación.

Porque  lo esencial en su intención debe ser la de verse a sí mismo sacrificado,  dejando de ser, por su propio pecado, ante el Altar. Sin esto, y con un  mero acto ritual, la verdadera intención del sacrificio desaparece y se  convierte en un rito insignificante. Porque cuando una persona entrega  un regalo a otra, lo principal no es el regalo en sí sino que la persona  manifiesta que se entrega a sí mismo a través del obsequio. Y de lo contrario,  todo se transforma en un acto carente de sentido y significado.

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