AL ENEMIGO NI AGUA

Afirma el dicho popular que “al enemigo ni agua”, pero este modo de actuar, a pesar de estar tomado de Proverbios

(XXV-21) como veremos a continuación, está totalmente en contradicción con las enseñanzas de la Torah.

 

 

Shnajá (שנאך), “tu enemigo”, procede del verbo Shané (שנא), “odiar”, “detestar”, “ser enemigo”. Su guematria es 371 y coincide con la de Shmol (שמול), “izquierda”:

 

ש = 300

נ = 50

א = 1

ך = 20

———–

371

ש = 300

צ = 90

ו = 6

ל = 30

———–

371

 

Leemos en el libro de Proverbios (XXV-21):

ים-רעב שנאך, האכלהו לחם; ואם-צמא, השקהו מים

“Si el tu enemigo tuviere hambre, dale de comer pan; y si tuviere sed,

dale de beber agua”.

 

El enemigo que, como hemos deducido de su guematria, corresponde a la izquierda puede ser visto como un obstáculo, etimológicamente “algo que está delante”, algo que no nos permite avanzar. Para los cabalistas se asocia con el rigor, la ira, y con el nombre de Dios Elohim. El enemigo es, pues, el dios enfadado que está en nuestro interior y que en su prisión padece hambre y sed. El pan, nos explica el Zohar,  es la Torah escrita, y el agua la Torah oral, que viene a esclarecer y ablandar a la Torah escrita. De este modo la Torah se transforma en un Sam Jaim (סם חיים), un elixir de vida.

Cuando calculamos la etimología de Sam Jaim (סם חיים), vemos que es 168, o sea la suma de la guematria de Lejem (לחם), “pan” y Maim (מים), “agua.

 

סם = 100

חיים = 68

————

168

 

לחם = 78

מים = 90

————

168

 

JULI PERADEJORDI

 

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¿LA LEJÍA CURA?

Resultado de imagen de josep pamies

 

Últimamente ha saltado a la prensa la noticia de un presunto “curandero de la lejía” tildándolo de

embaucador, estafador y engañador, a pesar de que se trata de alguien que no en ningún momento se

ha lucrado con ello y a quien le ha caído una multa de nada más y nada menos que 600.000 euros.

 

En los últimos meses estamos viviendo en España un insólito resurgir de la Santa Inquisición, que no se limita únicamente a perseguir presuntos herejes, sino también lo que se ha tachado de “Pseudociencias” incluyendo en este concepto ciencias y terapias con miles de años de existencia, experiencia y efectividad. El poder de la industria farmacéutica es tan grande que puede borrar de un plumazo el trabajo de miles de buenos profesionales con la excusa de que algunos de ellos son unos estafadores. Todo parece ir en una dirección: conseguir una humanidad enferma crónica, que no piense por sí misma y, sobre todo que consuma y se calle. Pero hay gente que no quiere pasar por el aro.

La historia de la “lejía que cura” parte de la experiencia de Jim Humble, un ingeniero aeroespacial norteamericano, cuando en la selva de la Guayana se vio obligado a atender casos de malaria sin más medicamento que un desinfectante. Este producto, denominado con el desafortunado nombre de MMS, es una especie de lejía que según Humble curaría muchas otras patologías. Humble no se apoya en sesudos estudios ni en estadísticas, sino en su experiencia y en las vidas que salvó.

No vamos ni a atacar ni a defender el uso del MMS, únicamente nos gustaría, a partir de la etimología y la guematria contestar a la pregunta que encabeza estas reflexiones. En nuestro país una de las personas que cree en la eficacia del MMS (no por fe infusa sino porque ha podido comprobar sus resultados) es un payés de Balaguer, Josep Pamies.  Como hace cosa de un año vivimos un lamentable “a por ellos”, ahora parece que van “a por él”. Y no nos engañemos: son los mismos cavernarios con otros disfraces.

En primer lugar, señalemos que muy poca gente sabe que la lejía es un invento de los alquimistas. Estos estaban convencidos de la existencia de cierto elixir que servía para alargar la vida. La palabra “elixir” procede del árabe al ixir (الإكسير ), y de esta palabra podrían derivar el francés lessive (que en francés del siglo XIV era lissive) o el catalán lleixiu, “lejía”. De alguna manera la lejía no se inventó para lavar suelos, sino para ser ingerida por aquellos que deseaban prolongar sus vidas.

Los alquimistas eran conscientes de las virtudes del jabón (de sapo, saponis en latín) que limpiaba al hombre por fuera, y buscaban un producto que lo limpiara por dentro. Probablemente por eso desarrollaran la lejía a partir de cenizas, que con lo que antiguamente se hacía el jabón. Recordemos que el término latino “sapo” procede de la colina griega de Sapo en la que se realizaban sacrificios incinerando animales. De ahí también la relación entre el jabón y la ceniza.

Hay muchos tipos de lejías. A parte de la lessive, los franceses tienen la llamada eau de Javel, obra del químico (y alquimista) Claude-Louis Berthollet, amigo de Lavoisier, Gay-Lussac o Guyton de Morveau (relacionado con la famosa sociedad de alquimistas Les Illuminés d’Avignon), se trata del hipoclorito de sodio.

En hebreo la lejía se llama Mai Afar (מי אפר), literalmente “agua de ceniza”. La guematria de esta expresión es 331, como la de Nirfa (נרפא), “ha sanado”:

 

נ = 50

ר = 200

פ = 80

א = 1

———–

331

 

מי = 50

אפר = 2281

————-

331

 

Hablar, pues, de lejía, es como hablar de sanación.

 

 

JULI PERADEJORDI