LA FUERZA MÁGICA DE LA PALABRA

L'Uomo Albero

“El hombre árbol” de Massimiliano Frezzato (Ediciones Obelisco, 2019)

 

Se dice que a raíz de la caída el hombre fue desposeído de la fuerza de la palabra,

una fuerza mágica que hacía que sus

deseos devinieran realidad. Adán “creaba” cosas con sólo decirlas,

mientras que nosotros hemos de trabajar duro para

conseguir migajas. ¿Por qué?

 

Sostenía Louis Cattiaux que “las palabras dicen la cosa, pero la cosa no es dicha por las palabras”. Tras esta aparente contradicción se encuentra una alusión al misterio de la Palabra, en hebreo Dabar (דבר) y de la cosa, en hebreo también Dabar (דבר). La guematria de esta palabra, 206, coincide con la de Itzum (עצום), “esencia”, “substancia”.

 

ד = 4

ב = 2

ר = 200

———–

206

 

ע = 70

צ = 90

ו = 6

ם = 40

———–

206

 

No deja de ser curioso que 206 sea también la guematria de Vehaiah KeEtz (והיה כעץ), “y será como árbol”, expresión que aparece al principio de los Salmos (I-3) dado que Itzum (עצום), “esencia”, procede precisamente de Etz (עץ), “árbol”.

Nos encontramos en el Talmud (Berajoth 58 a) con la historia de un saduceo que intenta poner a prueba a Rabbí Sheshet, que era ciego. ¿Qué hizo este rabino?:

 

“Lo miró y (el saduceo) se convirtió en un montón de huesos”.

 

Lo primero que sorprende de este texto es que un rabino que es ciego pueda mirar a alguien y además fulminarlo con la mirada. El hecho de que sea ciego sin duda nos está enseñando que la mirada con la que Rabbí Sheshet fulminó al saduceo no era la mirada física, exterior, de los ojos exteriores, sino otro tipo de mirada.

El sabio rabino Jaim Vital, en sus Shaarei Kedushah (cap. IV), nos ha dejado un lúcido comentario a este pasaje del Talmud. Dice así:

 

“Has de saber que debido a que los Tzadikim se aferran a la realidad de Arriba, todo lo que piensan o contemplan sucede, sea bueno o malo. Esto es lo que los sabios querían decir cuando escribieron: “Lo miró y (el saduceo) se convirtió en un montón de huesos”.

 

También de estas palabras podemos extraer una importante conclusión: para aquel que está unido a su raíz, a su esencia, aquel que “se aferra a la realidad de Arriba”, no hay diferencia entre sus deseos y lo que le sucede. Posee el don de la Palabra. Por esta razón a medida que nos vamos acercando a nuestra esencia debemos cuidar más lo que pensamos, lo que deseamos y lo que decimos. ¡Hay más probabilidades de que se cumpla!

 

 

JULI PERADEJORDI

 

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